martes, 3 de junio de 2014

Cambios constantes



Hoy le comentaba a Fátima cómo se siente ser una persona con sangre de gitana. Viajar es para mi algo vital, como una dosis de oxígeno en mi línea del tiempo. Cuando me desespero de estar en el mismo sitio me gusta mover los muebles de la habitación. Conocer casas desde fuera, ver como la gente se adapta a su vida diaria es un misterio bastante jugoso para mi. Me fascina entrar a una casa donde sus habitantes hayan estado durante toda su vida; Fátima conserva pósters de los Backstreet Boys y una serie de fotos con sus amigas. Las de siempre. Eso es algo que voy a desear sin poder obtener. ¿A qué sabe tener la misma amiga por muchos años? Mi infancia, como ya les he contado, fue de una viajera inacabable. Aún lo es. En un par de meses me mudaré. He pasado los últimos dos meses aferrada a este espacio, cuando lo único constante y fiel en mi vida han sido los cambios. Comienzo a darme cuenta de muchas cosas que hago. Me gusta, por ejemplo, cambiar de look con frecuencia. Me gusta, también, impresionarme de que, aún teniendo cinco años viviendo en la capital de Chihuahua, sigo conociendo personas nuevas, lugares nuevos. Antes me angustiaba saber qué iba a pasar en el futuro. Consulté la quiromancia y las artes ocultas de mirar el horizonte, buscando la mancha de algún leopardo. Y no. No funciona así el universo. Justo ahora, no sé lo que venga para mi, pero de algo estoy segura: el viaje no acaba, y no terminará de sorprenderme.