lunes, 14 de julio de 2014

El eco de lotes vacíos

Los he visto. Les juro que los he visto. Estos seres están ahí, entre redes sociales. Hacen comentarios arbitrarios, totalmente carentes de sentido, y viven entre nosotros, sólo que no podemos percibirlos a simple vista.
Están en todas partes, ebullendo una risa en medio del camión, guardando alguna foto "graciosa" para mostrarla luego en el trabajo y carcajearse con los ojos impares, una acumulación ridícula de fotografías -perdón por usar este término- con humor "picante" y "del momento". Les juro que existen y no es broma pesada. Se enternecen con imágenes de bebés, ríen con frases pícaras, adultas, y muestran el último video viral como si fuera la epítome de la gracia. Estoy cansada de ellos, sí; los mismos que ríen tienen entre los dientes la grasa y la sangre de fotografías de la franja de Gaza, comparten en sus muros aquellas lamentables muertes, que a pesar de estar tan lejos de mi entendimiento, pesan en mi corazón como una gran muralla que se derrumba.
Abandoné su programa televisivo. Apagué mi cerebro a sus recepciones idioticas. He abandonado Facebook y su falta de compasión, su obtusa frivolidad y mi voluntad de alimentar su morbo mórbido. Ojalá —ahora sí— sea de una vez y para siempre. Y que se queden con su pendejez. Excuse my french.

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