Los he visto. Les juro que los he visto. Estos seres están ahí, entre redes sociales. Hacen comentarios arbitrarios, totalmente carentes de sentido, y viven entre nosotros, sólo que no podemos percibirlos a simple vista.
Están en todas partes, ebullendo una risa en medio del camión, guardando alguna foto "graciosa" para mostrarla luego en el trabajo y carcajearse con los ojos impares, una acumulación ridícula de fotografías -perdón por usar este término- con humor "picante" y "del momento". Les juro que existen y no es broma pesada. Se enternecen con imágenes de bebés, ríen con frases pícaras, adultas, y muestran el último video viral como si fuera la epítome de la gracia. Estoy cansada de ellos, sí; los mismos que ríen tienen entre los dientes la grasa y la sangre de fotografías de la franja de Gaza, comparten en sus muros aquellas lamentables muertes, que a pesar de estar tan lejos de mi entendimiento, pesan en mi corazón como una gran muralla que se derrumba.
Abandoné su programa televisivo. Apagué mi cerebro a sus recepciones idioticas. He abandonado Facebook y su falta de compasión, su obtusa frivolidad y mi voluntad de alimentar su morbo mórbido. Ojalá —ahora sí— sea de una vez y para siempre. Y que se queden con su pendejez. Excuse my french.
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