miércoles, 1 de enero de 2014

Una pizca de cereza




                                                                                                                      A mi yo del pasado

Una nube se encontró con que tenía dos pequeñas pinzas en las manos, aquellas que habían hecho de su letargo el caudaloso efigie de su deseo. La llamaban "La pizca de cereza" porque aquello era lo último que veían los seres marinos en el culmen de su éxtasis. Erguidos y turbios, sus cúmulos níveos se mecían sin caer gracias al ultraje colorido del cielo. Ahora el paraje cenizo de su pubis precisaba el lugar donde aquellos marcarían su sentencia de muerte; instante eterno del que hablaba Villaurrutia: el nacimiento de los relámpagos que encallan en las nubes.
Las pléyades se ruborizaban con el canto arrullado por el agua contra las rocas, por la arena y el coral lamiéndose incesantes. No callaron ni se movieron, sólo miraban cómo el reflejo de la pizca de cereza se sumergía entre la espuma silente. No había ojos para los mediodías. La luna se había encaramado a oler el mar.
El espectáculo intentó repetirse, con otros cielos, otras nubes, pero desde entonces el sol no se conforma y suele confundir amaneceres con atardeceres.

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