viernes, 12 de diciembre de 2014

Para Esme, con amor y sordidez

By J.D. Salinger


Hace poco recibí por vía aérea una invitación para asistir a una boda que se celebrará en Inglaterra el dieciocho de abril. Me hubiera gustado mucho asistir y, al principio, cuando llegó la invitación, pensé que tal vez podría realizar el viaje, por avión, sin reparar en gastos. Pero desde entonces he tratado el asunto bastante detenidamente con mi mujer—una chica muy sensata—y decidimos que no iría; simplemente, había olvidado por completo que mi suegra esperaba ansiosamente el momento de pasar con nosotros la segunda quincena de abril. En realidad, no tengo demasiadas oportunidades de ver a mamá Grencher, y ella cada día es un poco mayor. Tiene cincuenta y ocho años (como ella misma es la primera en confesar).
Pero, de todos modos, donde quiera que esté, no soy de las personas que no mueven un dedo para evitar que fracase una boda. Así que puse manos a la obra e hice algunos reveladores apuntes sobre la novia tal como la conocí hace ya casi seis años. Si estos apuntes le proporcionan al novio, a quien no conozco, uno o dos momentos de malestar, tanto mejor. Aquí nadie intenta complacer a nadie, sino más bien edificar, instruir.
En abril de 1944 yo formaba parte de un grupo de unos reclutas norteamericanos que participaban en un curso de entrenamiento «pre-invasión», bastante especializado, bajo la dirección del Servicio de Inteligencia inglés, en Devon, Inglaterra. Cuando me pongo a pensar en el grupo creo que todos éramos bastante singulares, en el sentido de que no había un sólo tipo sociable. Todos éramos por naturaleza escritores de cartas, y cuando nos hablábamos por motivos ajenos al servicio, casi siempre era para pedirle a alguien un poco de tinta que no le hiciera falta. Cuando no estábamos escribiendo cartas o asistiendo a clase, cada uno andaba generalmente en lo suyo. Yo aprovechaba los días buenos para dar vueltas por los alrededores. Cuando llovía buscaba un lugar a cubierto y me ponía a leer algún libro, a veces a pocos pasos de una mesa de ping-pong
El curso de entrenamiento duró tres semanas y terminó un sábado especialmente lluvioso. A las siete de la tarde todo nuestro grupo debía tomar el tren a Londres, donde, según se rumoreaba, íbamos a ser destinados a las divisiones de infantería y de paracaidistas organizadas para el día de la invasión. A las tres de la tarde ya había guardado todas mis pertenencias en mi macuto, incluyendo una funda para máscara anti-gas repleta de libros que yo había traído conmigo desde el otro lado del océano. (La máscara anti-gas había sido arrojada unas semanas antes por un ojo de buey del Mauretania, pues yo sabía perfectamente que si el enemigo, alguna vez, llegaba a emplear gases asfixiantes, jamás podría ponerme a tiempo el maldito aparato.) Recuerdo haberme quedado de pie durante mucho tiempo junto a la ventana en un extremo de nuestro barracón, mirando caer la lluvia inclinada y pertinaz, con un ligero escozor apenas o nada perceptible en el dedo del gatillo. Podía oír a mis espaldas el poco acogedor rasgar de muchas estilográficas sobre muchas hojas de papel de avión. De pronto, sin tener un plan definido, me aparté de la ventana y me puse el impermeable, la bufanda de cachemira, las botas de agua, los guantes de lana y el gorro (el cual, según me dijeron, yo llevaba con una inclinación particular, ligeramente hundido sobre las orejas). Acto seguido, después de sincronizar mi reloj con el de la letrina, me dirigí hacia el pueblo bajando por la larga cuesta adoquinada, mojada por la lluvia. No presté atención a los relámpagos que estallaban a mi alrededor. Los rayos o están destinados a uno, o no lo están.
En el centro del pueblo, tal vez la parte más mojada del lugar, me detuve frente a una iglesia para leer los avisos de la pizarra, porque me habían llamado la atención los números, blancos sobre fondo negro, y también porque, al cabo de tres años de ejército, me había aficionado a leer los avisos de las pizarras. A las tres y cuarto, decía el anuncio, iba a ensayar el coro infantil. Miré mi reloj, y después otra vez la pizarra. Habían clavado con chinchetas una hoja de papel con los nombres de los niños que debían participar. De pie bajo la lluvia leí todos los nombres y luego entré en la iglesia.
Sentados en los bancos había más o menos una docena de adultos, la mayoría de ellos con pequeñas botas de agua sobre las rodillas, con las suelas hacia arriba. Pasé de largo y me senté en la primera fila. Sobre el podio, sentados en tres filas compactas de sillas, había unos veinte chicos, la mayoría niñas, de siete a trece años de edad, más o menos. En ese momento la instructora del coro, una mujer enorme con un traje de tweed, les aconsejaba que al cantar abrieran la boca todo lo posible. ¿Alguna vez, preguntó, alguien oyó hablar de algún pajarito que se atreviera a cantar su hermoso canto sin abrir su piquito mucho, mucho, mucho? Al parecer, nadie había oído hablar nunca de tal cosa. La mujer recibió como respuesta una mirada colectiva firme y opaca. Luego continuó diciendo que quería que todos sus niños captaran el significado de las palabras que cantaban, y que no se limitaran a repetirlas como loritos. En seguida hizo sonar una nota en el diapasón y los chicos, como si fuesen levantadores de pesas, alzaron sus libros de himnos.
Cantaron sin acompañamiento instrumental o, más exactamente, sin interferencias. Sus voces eran melodiosas y sin sentimiento. Posiblemente un hombre más religioso que yo hubiera caído en trance sin demasiado esfuerzo. Alguno que otro de los más pequeños se retrasaba un poco, pero únicamente la madre del compositor se lo hubiera reprochado. Nunca hasta entonces había oído ese himno, pero estaba deseando que tuviera una docena o más de estrofas. Mientras escuchaba, escudriñé las caras de todos los niños. Me atrajo particularmente la atención la de la niña más próxima a mí, situada en el último asiento de la fila de delante. Tendría unos trece años, con un pelo rubio ceniciento que le caía hasta el lóbulo de la oreja, una frente exquisita y unos ojos aburridos que, pensé, muy posiblemente ya habrían hecho el recuento de los que estaban presentes en la sala. Su voz se destacaba de la de los otros chicos, y no solamente porque estaba más cerca de mí. Tenía el mejor registro alto, el más seguro, el más dulce, y automáticamente guiaba a los demás. Pero la jovencita parecía estar levemente hastiada de su propia capacidad para cantar, o tal vez simplemente de estar allí. Dos veces, entre una estrofa y otra, la vi bostezar. Era un bostezo de dama, con la boca cerrada, pero uno no podía equivocarse: las aletas de la nariz la delataban.
Apenas terminó el himno, la instructora empezó a dar su extensa opinión sobre la gente que no puede tener los pies quietos y la boca cerrada durante el sermón del pastor. Comprendí que había terminado la parte cantada de la función y antes de que la voz disonante de la instructora lograra romper del todo el hechizo del canto de los niños, me levanté y salí de la iglesia.
Llovía con más fuerza. Bajé por la calle y miré a través de la vidriera de la sala de juegos de la Cruz Roja, pero había soldados agolpados de a tres en fondo frente al mostrador. Incluso a través del cristal podía oír las pelotas de ping-pong que rebotaban en la otra habitación. Crucé la calle y entré en una cafetería de civiles, totalmente desierta salvo una camarera de mediana edad que me dio la sensación de que hubiera preferido un cliente con el impermeable seco. Lo colgué con el máximo cuidado de un perchero y después me senté a una mesa y pedí té y tostadas con canela. Era la primera vez que hablaba con alguien en todo el día. Después hurgué en todos mis bolsillos, incluso los del impermeable, y por fin encontré dos o tres cartas marchitas para releer, una de mi mujer, que contaba qué mal estaba el servicio en el restaurante de Schrafft's, y una de mi suegra, que pedía que por favor le mandara un tejido de cachemira en cuanto pudiera escaparme del «campamento».
Estaba todavía en mi primera taza de té, cuando entró en la cafetería la jovencita del coro que yo había estado mirando y escuchando. Traía el pelo empapado y se le veían los bordes de ambas orejas. Venía con un niño muy pequeño, sin ninguna duda su hermano, al que le quitó el gorro, levantándolo con dos dedos, como si fuera un espécimen de laboratorio. Atrás venía una mujer de aspecto eficiente, con un sombrero de fieltro de ala baja, presuntamente su institutriz. La chica del coro, quitándose el abrigo mientras caminaba, eligió la mesa. Una buena elección desde mi punto de vista, ya que estaba justamente frente a mí, a unos tres metros. Ella y la institutriz se sentaron. El chiquillo, que tendría cinco años, aún no estaba listo para sentarse. Se apartó y se quitó la bufanda, luego, con la expresión impávida de quien ha nacido para fastidiar a los demás, se dispuso metódicamente a molestar a la institutriz empujando varias veces su silla hacia delante y hacia atrás, mientras la observaba atentamente. La institutriz, sin levantar la voz, le ordenó dos o tres veces que se sentara y que, de una vez por todas, dejara de jorobar, pero sólo cuando le habló su hermana desistió y depositó el trasero en el asiento. Inmediatamente tomó la servilleta y se la puso en la cabeza. Su hermana la recogió, la abrió y se la colocó extendida sobre los muslos.
Cuando les trajeron el té, la jovencita del coro descubrió que yo los estaba mirando. Me miró a su vez fijamente, con esos ojos escrutadores que tenía, y luego, de pronto, me dedicó una pequeña y especial sonrisa. Era una sonrisa curiosamente radiante, como a veces lo son esas pequeñas y especiales sonrisas. Yo le respondí con otra sonrisa, mucho menos radiante, tapándome con el labio superior un empaste provisional, negro como el carbón, que me habían hecho en el ejército entre dos dientes delanteros. De pronto me di cuenta de que la jovencita estaba de pie, con envidiable aplomo, junto a mi mesa. Tenía puesto un vestido escocés, creo que con los colores del clan Campbell. Me pareció un vestido maravilloso para una señorita tan joven en un día tan, tan lluvioso.
—Creía que los norteamericanos odiaban el té.
No era la observación de una marisabidilla, sino de una persona que amaba la verdad o las estadísticas. Le dije que algunos no tomábamos nada más que té. Le pregunté si quería acompañarme. Respondió:
—Gracias. Tal vez sólo por un momento.
Me incorporé y le retiré una silla, la que estaba frente a mí, y se sentó en el borde, manteniendo la columna dorsal fácil y primorosamente derecha. Volví casi corriendo a mi propia silla, más que dispuesto a participar en la conversación. Aunque una vez sentado no se me ocurrió nada que decir. Sonreí de nuevo, ocultando siempre el empaste renegrido. Comenté que, por cierto, hacía un tiempo terrible fuera.
—Sí, efectivamente—dijo mi invitada, con el tono claro, inconfundible, de quien aborrece la charla intrascendente. Apoyó los dedos en el borde de la mesa, como en una sesión de espiritismo, y luego, casi instantáneamente, cerró las manos: tenía las uñas comidas hasta la carne. Usaba un reloj pulsera de aspecto militar, que parecía más bien un cronómetro marino. La esfera era demasiado grande para su muñeca menuda.
—Usted estuvo presente en el ensayo del coro—dijo a título de mera información—. Yo lo vi.
Dije que efectivamente había estado allí y que había notado cómo su voz se destacaba de las otras. Le dije que en mi opinión su voz era muy bonita.
Asintió con la cabeza:
—Lo sé. Voy a ser cantante profesional.
—¿De veras? ¿Ópera?
—No, por Dios. Voy a cantar jazz en la radio y a ganar mucho dinero. Y cuando tenga treinta años me voy a retirar y viviré en un rancho en Ohio.—Se tocó la coronilla húmeda con la mano abierta—. ¿Conoce Ohio?—preguntó.
Le dije que había pasado por allí en el tren algunas veces, pero que en realidad no lo conocía. Le ofrecí una tostada con canela.
—No, gracias—dijo—. En realidad soy como un pajarito para comer.
Yo mordí una tostada, y le comenté que en los alrededores de Ohio hay algunos sitios bastante salvajes.
—Ya sé. Me lo dijo un norteamericano que conocí. Usted es el undécimo norteamericano que conozco.
La institutriz le hacía ahora apremiantes señales de que volviera a su mesa, en fin, de que dejara de molestar al señor. Mi invitada, no obstante, desplazó tranquilamente su silla dos o tres centímetros de modo que su espalda interrumpió toda posible comunicación con la mesa de origen.
—Usted va a esa escuela del Servicio de Inteligencia ahí, en el cerro, ¿no?—preguntó con displicencia.
Yo, bastante convencido de la necesidad de no hablar de más en tiempos de guerra, dije que estaba en Devonshire por motivos de salud.
—¿De veras?—dijo—. No nací ayer, ¿sabe?
Le dije que, por supuesto, sabía que no había nacido ayer. Bebí un sorbo de té. Me estaba intimidando un poco mi posición y entonces me senté algo más derecho en la silla.
—Para ser norteamericano, parece usted bastante inteligente—murmuró mi invitada, pensativa.
Le dije que eso me parecía una cosa demasiado afectada para decir, si uno lo pensaba un poco, y que yo confiaba en que no fuera digna de ella.
Se sonrojó, proporcionándome automáticamente el aplomo que me había estado faltando.
—En realidad... la mayoría de los americanos que he visto se comportan como animales. Se pasan el tiempo dándose trompazos unos a otros, insultando a todo el mundo y... ¿sabe qué hizo uno de ellos?—Moví negativamente la cabeza.
—Arrojó una botella de whisky vacía a través de la ventana de mi tía. Por suerte, la ventana estaba abierta. Dígame, ¿a usted le parece una cosa inteligente?
No parecía serlo especialmente, pero no se lo dije. Le dije que había muchos soldados, en todo el mundo, que estaban lejos de sus hogares, y que muy pocos habían podido disfrutar verdaderamente de la vida. Le dije que creía que la mayoría de las personas podía imaginárselo por su cuenta.
—Posiblemente —dijo mi invitada, sin convicción. Nuevamente se puso la mano sobre el pelo húmedo, separó algunos rubios y finos mechones y trató de cubrirse los bordes de las orejas—. Tengo el pelo empapado—dijo—. Debo de tener un aspecto horrible.—Me miró—. Mi pelo es completamente ondulado cuando está seco.
—Ya me doy cuenta, ya lo veo.
—En realidad, no rizado, sino ondulado—dijo—. ¿Es usted casado?
Dije que sí.
Asintió con la cabeza.
—¿Está usted profundamente enamorado de su mujer? ¿Le estoy haciendo preguntas demasiado indiscretas?
Le dije que cuando considerara que lo eran, se lo diría.
Adelantó las manos y las muñecas hacia el centro de la mesa, y recuerdo que quise hacer algo con ese enorme reloj pulsera que llevaba puesto... posiblemente aconsejarle que se lo pusiera en la cintura.
—Por lo general, no soy muy gregaria—dijo, y me miró como tratando de ver si yo conocía el significado de la palabra. Yo no le di a entender nada sin embargo, ni en un sentido ni en otro—. Me acerqué pura y simplemente porque parecía estar usted muy solo. Se le ve en el rostro que es muy sensible.
Dije que tenía razón, que efectivamente me había sentido muy solo, y que me alegraba mucho de que ella hubiera venido a mi mesa.
—Estoy tratando de ser más compasiva. Mi tía dice que soy terriblemente fría—dijo, y de nuevo se tocó la cabeza—. Vivo con mi tía. Es una mujer sumamente bondadosa. Desde que murió mamá, ha hecho todo lo posible para que Charles y yo nos sintamos adaptados.
—Me alegro.
—Mi madre era terriblemente inteligente. Muy sensual, en muchos sentidos.—Me miró con una especie de fresca agudeza—. ¿Yo le parezco terriblemente fría?
Le dije que no, en absoluto, muy al contrario. Le dije mi nombre y le pregunté el suyo.
Vaciló.
—Mi primer nombre es Esmé. Creo que, por el momento, no voy a decirle mi nombre completo. Tengo un título nobiliario y a lo mejor a usted le impresionan los títulos. A los norteamericanos les suele ocurrir, ¿no es cierto?
Dije que no creía que me ocurriera a mí, pero que, de todos modos, podría ser una buena idea no tocar el asunto del título por ahora.
En ese preciso momento, sentía el cálido aliento de alguien en mi nuca. Me volví, y pude evitar a tiempo un choque entre mi nariz y la del hermanito de Esmé.
Ignorándome, el chico se dirigió a su hermana con una voz atiplada:
—La señorita Megley dice que vuelvas y termines de tomar el té.—Transmitido el mensaje, se instaló en la silla que estaba entre su hermana y la mía, a mi derecha. Lo miré con bastante interés. Estaba muy elegante con unos pantalones cortos castaños, jersey azul marino, camisa blanca y corbata a rayas. Me devolvió la mirada con unos inmensos ojos verdes—. ¿Por qué en las películas la gente besa de lado?—preguntó.
—¿De lado?—dije—. Era un problema que me había intrigado en mi infancia. Dije que suponía que era porque las narices de los actores resultan demasiado grandes como para que puedan besarse de frente.
—Su nombre es Charles—dijo Esmé—. Es sumamente brillante para su edad.
—La verdad es que tiene los ojos verdes. ¿No es así Charles?—dije yo.
Me clavó la impávida mirada que merecía mi pregunta y después se fue escurriendo hacia delante y hacia abajo en la silla hasta que todo su cuerpo quedó debajo de la mesa salvo la cabeza, apoyada sobre el asiento, como en una llave de lucha grecorromana.
—Son anaranjados—dijo, con voz forzada, dirigiéndose al cielo raso. Con una punta del mantel se cubrió la carita inexpresiva.
—A veces es brillante y a veces no—dijo Esmé—. ¡Charles, siéntate derecho!
Charles se quedó donde estaba. Parecía contener la respiración.
—Echa mucho de menos a nuestro padre. Lo mataron en África del Norte.
Expresé mi pesar por la noticia.
Esme asintió.
—Papá lo adoraba.—Con aire pensativo se mordió la cutícula del pulgar—. Se parece mucho a mi madre, Charles, quiero decir. Yo soy idéntica a mi padre—siguió mordiéndose la cutícula—. Mi madre era muy apasionada. Tenía un carácter extravertido. Papá era introvertido. Aunque hacían una buena pareja, por lo menos en apariencia. Para serle sincera, papá necesitaba una compañera más intelectual que mamá. Él fue un genio extraordinariamente dotado.
Esperé más información con la mejor voluntad, pero no continuó. Miré hacia abajo a Charles, que apoyaba ahora la mejilla en el asiento. Cuando vio que yo lo miraba, cerró los ojos en forma soñadora, angelical, y después me sacó la lengua—un apéndice de sorprendente longitud—e hizo un ruido que en mi país hubiera sido un glorioso tributo a un árbitro de béisbol miope. El ruido sacudió totalmente la cafetería.
—Basta ya—dijo Esmé, con evidente calma—. Se lo vio hacer a un americano en una cola para comprar pescado frito con patatas, y ahora lo hace cada vez que se aburre. Basta ya, o te mando ahora mismo con la señorita Megley.
Charles abrió sus enormes ojos como señal de que había escuchado la amenaza de su hermana, pero por lo demás no se dio por enterado. Cerró de nuevo los ojos y siguió apoyando la mejilla sobre el asiento.
Yo comenté que a lo mejor debería conservarlo—refiriéndome al ruido propio del Bronx que había hecho con la boca—hasta que empezara a usar su título nobiliario con regularidad. Siempre, claro está, que él también tuviera un título.
Esmé me dirigió una larga mirada, levemente clínica.
—Usted tiene un sentido del humor muy particular, ¿no es así?—dijo con un deje nostálgico—. Papá decía que yo no tengo ningún sentido del humor. Solía decir que no estaba preparada para afrontar la vida porque me faltaba sentido del humor.
Encendí un cigarrillo sin dejar de mirarla y dije que no creía que el sentido del humor sirviera de algo en una situación verdaderamente apurada.
—Papá decía que sí.
Era una declaración de fe, no una contradicción, de modo que en seguida cambié de opinión. Asentí con la cabeza y dije que seguramente la visión de su padre era de largo alcance, mientras que la mía era de corto alcance (cualquiera que esto significase).
—Charles lo echa muchísimo en falta—dijo Esmé, al cabo de un rato—. Era un hombre sumamente encantador y además muy guapo. Claro que la apariencia no tiene mucha importancia, pero él era muy apuesto. Tenía unos ojos terriblemente penetrantes, pese a ser un hombre intrínsecamente bondadoso.
Asentí. Dije que suponía que su padre tenía un vocabulario fuera de lo común.
—Oh, sí, totalmente—dijo Esmé—. Era archivero... aficionado, por supuesto.
En ese momento sentí una palmada inoportuna en el brazo, casi un puñetazo, que provenía de donde estaba Charles. Me volví hacia él. Ahora estaba sentado casi normalmente en su silla, salvo que tenía una pierna recogida.
—¿Qué le dijo una pared a la otra pared?—chilló—. ¡Es una adivinanza!
Levante la mirada hacia el techo en actitud pensativa y repetí la pregunta en voz alta. Después miré a Charles con expresión resignada y dije que me daba por vencido.
—¡Nos encontraremos en la esquina!—fue la respuesta, enunciada a todo volumen.
El que más festejó el chiste fue el propio Charles. Le pareció intolerablemente gracioso. Tanto, que Esmé se vio obligada a acercarse para golpearlo en la espalda, como si hubiera tenido un acceso de tos.
—Bueno, basta—le dijo. Volvió a su asiento—. Le cuenta esa adivinanza a todo el mundo y siempre le da un ataque. Generalmente, cuando ríe babea. Bueno, basta, por favor.
—Sin embargo, es una de las mejores adivinanzas que me han contado—dije, mirando a Charles, que se iba recuperando poco a poco.
Como respuesta a mi cumplido, se hundió bastante más en su asiento y volvió a taparse la cara hasta la nariz con una punta del mantel. Entonces me miró con esos ojos llenos de una risa que se calmaba gradualmente, y del orgullo de quien sabe una o dos adivinanzas realmente buenas.
—¿Me permite preguntarle qué hacía antes de incorporarse al ejército?—me preguntó Esmé.
Dije que no había hecho nada, que había salido de la universidad hacía apenas un año, pero que me gustaba considerarme un escritor de cuentos profesional.
Asintió cortésmente.
—¿Ha publicado algo?—me preguntó.
Era una pregunta familiar que siempre daba en la llaga, y que no se contestaba así como así. Empecé a explicarle que en los Estados Unidos todos los editores eran una banda de...
—Mi padre escribía maravillosamente—interrumpió Esmé—. Estoy guardando algunas de sus cartas para la posteridad.
Dije que me parecía una excelente idea. Yo, casualmente, estaba mirando otra vez su enorme reloj parecido a un cronómetro. Le pregunté si había pertenecido a su padre.
Miró su muñeca con solemnidad.
—Sí, era suyo—dijo—. Me lo dio poco antes de que Charles y yo fuéramos evacuados.—Automáticamente retiró las manos de la mesa, mientras decía—: Puramente como un recuerdo, por supuesto.—Cambió de tema—. Me sentiría muy halagada si alguna vez usted escribiera un cuento especialmente para mí. Soy una lectora insaciable.
Le dije que lo haría, sin duda, siempre que pudiera. Dije que no era un autor demasiado prolífico.
—¡No tiene por qué ser prolífico! ¡Basta que no sea estúpido e infantil! —Recapacitó y dijo—: Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez.
—¿De qué?—dije, inclinándome hacia adelante.
—De la sordidez. Estoy sumamente interesada en la sordidez.
Estaba a punto de pedirle mayores detalles, pero sentí que Charles me pellizcaba con fuerza en el brazo. Me volví haciendo una leve mueca de dolor. Estaba de pie a mi lado.
—¿Qué le dijo una pared a la otra?—preguntó, sin demasiada originalidad.
—Ya se lo preguntaste—dijo Esmé—. Ahora basta.
Sin hacer caso de su hermana y pisando uno de mis pies, Charles repitió la pregunta clave. Observé que el nudo de su corbata no estaba correctamente ajustado. Lo deslicé hasta su lugar y después, mirándolo fijo, sugerí:
—¿Te encuentro en la esquina?
Apenas terminé de decirlo me arrepentí. La boca de Charles se abrió de golpe. Tuve la sensación de habérsela abierto yo de una bofetada. Se bajó de mi pie y, con furibunda dignidad, se dirigió hacia su mesa sin volver la vista.
—Está furioso—dijo Esmé—. Tiene un carácter violento. Mi madre tendía a malcriarlo. Mi padre era el único que no lo malcriaba.
Yo seguía mirando a Charles, que se había sentado y empezaba a tomar su té, sosteniendo la taza con las dos manos. Tuve la esperanza de que se volviera, pero no lo hizo.
Esmé se puso de pie.
—Il faut que je parte aussi—dijo, suspirando—. ¿Usted habla francés?
Me puse de pie con una mezcla de confusión y pesar. Esmé y yo nos dimos la mano; la suya, como había sospechado, era una mano nerviosa, con la palma húmeda. Le dije, en inglés, cuánto había disfrutado de su compañía.
Asintió con la cabeza.
—Pensé que sería así—dijo—. Soy bastante comunicativa para mi edad.—Se tanteó otra vez el pelo—. Lamento mucho lo de mi pelo—dijo—. Debo tener un aspecto horrible.
—¡En absoluto! Creo que las ondas se están formando de nuevo.
De nuevo se tocó rápidamente el pelo.
—¿Cree que volverá aquí en un futuro inmediato? —preguntó—. Venimos todos los domingos, después de los ensayos del coro.
Contesté que nada hubiera podido resultarme más agradable, pero que, por desgracia, estaba seguro de que ya no volvería.
—En otras palabras, no puede hablar sobre movimientos de tropas—dijo Esmé.
No hizo ningún ademán de alejarse de la mesa. Sólo cruzó un pie sobre el otro y, mirando hacia abajo, alineó las puntas de los zapatos. Fue un hermoso gesto, ya que llevaba calcetines blancos, y sus pies y tobillos eran encantadores. De pronto me miró.
—¿Le gustaría que yo le escribiera?—dijo, con las mejillas ligeramente ruborizadas—. Escribo cartas muy bien redactadas para alguien de mi...
—Me encantaría—dije. Saqué lápiz y papel y anoté mi nombre, grado, matrícula, y número de correo militar.
—Yo le escribiré primero—dijo ella tomando el papel—, para que usted no se sienta comprometido en modo alguno.—Guardó la dirección en un bolsillo del vestido—. Adiós—dijo, y volvió a la mesa.

Pedí otra taza de té y permanecí sentado mirándolos hasta que, junto a la atribulada señorita Megley, se pusieron de pie para marchar. Charles iba delante, renqueando trágicamente como un hombre que tiene una pierna mucho más corta que la otra. No miró hacia mí. Después salió la señorita Megley, y a continuación Esmé, que me saludó con una mano como despedida. Le devolví el saludo, incorporándome a medias. Fue un momento de extraña emoción para mí.

Confesión nocturna de otra voz

Les regalo este poema -acaso confesión nocturna- de Clarice Lispector

Ya escondí un amor por miedo de perderlo. Ya perdí un amor por esconderlo. Ya me aseguré en las manos de alguien por miedo. Ya he sentido tanto miedo, hasta el punto de no sentir mis manos. Ya expulsé a personas que amaba de mi vida, ya me arrepentí por eso. Ya pasé noches llorando hasta quedarme dormida. Ya me fui a dormir tan feliz, hasta el punto de no poder cerrar los ojos. Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que ellos no existen. Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.

Ya pasé horas frente al espejo tratando de descubrir quién soy. Ya tuve tanta certeza de mí, hasta el punto de querer desaparecer. Ya mentí y me arrepentí después. Ya dije la verdad y también me arrepentí. Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para más tarde llorar en silencio en un rincón. Ya sonreí llorando lágrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír. Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían. Ya tuve ataques de risa cuando no debía. Ya rompí platos, vasos y jarrones, de rabia. Ya extrañé mucho a alguien, pero nunca se lo dije.

Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar. Muchas veces dejé de decir lo que pienso para agradar a unos, otras veces hablé lo que no pensaba para molestar a otros. Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros. Ya conté chistes y más chistes sin gracia, sólo para ver a un amigo feliz. Ya inventé historias con finales felices para dar esperanza a quien la necesitaba. Ya soñé de más, hasta el punto de confundir la realidad. Ya tuve miedo de lo oscuro, hoy en lo oscuro me encuentro, me agacho, me quedo ahí.

Ya me caí muchas veces pensando que no me levantaría, ya me levanté muchas veces pensando que no me caería más.Ya llamé a quien no quería sólo para no llamar a quien realmente quería. Ya corrí detrás de un carro, por llevarse lejos a quien amaba. Ya he llamado a mi madre en el medio de la noche, huyendo de una pesadilla. Pero ella no apareció y fue una pesadilla peor todavía. Ya llamé a personas cercanas de "amigos" y descubrí que no lo eran... a algunas personas nunca necesité llamarlas de ninguna manera y siempre fueron y serán especiales para mí...

No me den fórmulas ciertas, porque no espero acertar siempre. No me muestren lo que esperan de mí porque voy a seguir mi corazón! No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente! No sé amar por la mitad, no sé vivir de mentira, no sé volar con los pies en la tierra. Soy siempre yo misma, pero con seguridad no seré la misma para siempre!

Me gustan los venenos más lentos, las bebidas más amargas, las drogas más potentes, las ideas más insanas, los pensamientos más complejos, los sentimientos más fuertes. Tengo un apetito voraz y los delirios más locos. Pueden hasta empujarme de un risco y yo voy a decir: "Qué más da? Me encanta volar!"

domingo, 7 de diciembre de 2014

Noviembre nostálgico

Mejor si se escucha con esto: http://youtu.be/n2MtEsrcTTs

Además de ser uno de los años más tristes para México, siento que particularmente este mes tiene un dejo increíble de nostalgia. Nostalgia es, por definición, vuelta al dolor. Cuando digo que noviembre se escribe de la nostalgia es precisamente porque con la llegada de este mes renace el color de nuestro año. Las cosas buenas y las malas están condenadas a repetirse a modo de filminas en una sala de nuestro pensamiento, al acercarse el invierno y el final simbólico de una unidad más del tiempo.

¿Cómo abrirle la puerta a una nostalgia que no evoque el dolor? Cuando recuerdo, casi de inmediato, evoco los pasos de una mujer mayor. Como si se sentara en tu sala, creerá conocerte, si le prestas mucha atención evocará momentos de otros otoños, y será lo suficientemente lista como para traer de vuelta un día olvidado pero con el mismo clima, y será como estar ahí. Mi madre dice que no hay que prestarle mucha atención a la tristeza que llega con el recuerdo, ya que es ésta la segunda en tocar la puerta, dispuesta a desplazar a la nostalgia para hacer del lugar un súbito cubo de hielo.

Leonard Cohen dice que no hay cura para el amor, de la misma forma, no hay una cura precisa para la nostalgia; un amanecer con viento frío, un paseo en bicicleta, un libro que teníamos pendiente de leer, una rebanada de pay de queso. Que noviembre se acabe. Sólo puedo decirles que sobreviví.

Hace una semana vi “Interstellar” (2014) de Christopher Nolan y puedo decirles que tocó mi corazón en maneras inimaginables -la ciencia ficción es una forma que la literatura tiene para decirnos que no estamos solos-  porque nos redescubre que la fuerza más grande del universo es el amor. Me parece ocioso mencionarlo pero lo haré de todas formas:
Nolan, do you know Borges, by any chance? No nos sorprendes mucho.

Rodeada de muebles pequeños





















Estar aburrida un sábado por la tarde puede llevar a caminos inusitados, a veces he tropezado con momentos de soledad en los que cocinar y jugar a maquillarse -sí, a los 25- parece la única salida. Quedarme a ver en Facebook cómo amigos de mi edad ya son padres o visitan los lugares más famosos de Nueva York no parece una opción. Ojalá no haya olvidado pagar el Netflix otra vez. De todos modos ya sé que no va a haber nada. 
Cuando paso por el McDonalds en mi bicicleta y veo que hay personas que realmente están 
comprando hamburguesas me recorre una sensación de espanto por el cuello. Siento lo mismo cuando veo el Red Box que está justo afuera. No hubo mucho de dónde elegir: el día estaba lluvioso y frío, las provisiones alimenticias de mi hogar eran mucho más promisorias que los establecimientos aledaños a mis terrenos.
“Películas independientes” pude leer en una de las pestañas. Mi cuenta de Netflix recordaba que alguna vez había visto Frances Ha, y me recomendaba ver Tiny Furniture de Lena Dunham. 
Como les decía, me encontraba en un estado de negación terrible: ya había pasado dos semanas sin ir al gimnasio y sin retomar mi tejido de bufanda, perdí todas las partidas de ajedrez con la computadora, hice la mitad de un cuento malísimo, y me empezaba a salir la raíz del tinte. Todo me sabía a metal y para colmo estaba fumando de más, tanto que en la noche respiraba como un lemur a medio morir. Prosigo. 
La protagonista era quien dirigía y había escrito el guión; esto fue lo primero que llamó mi atención. Pasaron 20 minutos y comencé a sentir la chiquináusea de la identificación con el personaje: una joven en sus 25, termina con su novio, tiene sobrepeso y no sabe qué hacer con su vida al terminar la escuela. Recuerdo que una vez Fátima me dijo, a los dos meses de no estudiar ni trabajar "Todos pasamos por eso, pero pasa rápido" Seis meses de vivir en la indeterminación, ese no lugar donde residen las ansias por no conseguir un trabajo fijo, una estabilidad cualquiera y pensar que con esto apenas comienza la verdadera vida. Pensar en escribir era ya un idilio. Como les digo, me vino una náusea pequeña. Pausé la película cuando me di cuenta que el sujeto de Los Ángeles -a quién conoció en una fiesta- sólo durmió con ella porque no tenía dónde dormir.
Estuve a punto de tuitear "Perdí cuarenta minutos de mi vida viendo Tiny Furniture”.
Esa tarde, además del tinte rojizo, me rasuré las piernas y salí con un chico. Volví a casa temprano. La luz del baño seguía apuntando a la bañera. Me vi al espejo con los ojos de esa regordeta y deprimida Lena Dunham y me dije “tengo que saber en qué termina”.

Algo muy bonito, pero también muy tonto, es que no puedo dejar una película a medias. Recuerdo perfectamente cada película que dejé a medias, como si en mi cerebro hubiera un separador que congeló la imagen. Los colores de la película, que son en su mayoría tenues, me pedían que regresara. Leí la descripción escuetísima de Netflix sobre la película. Destacaba entre sus palabras la de fracaso. Recordé una frase que me tatué algún día, caminando una colina breve en Zacatecas: "la vida es una sucesión de esperanzas y fracasos”. Tenía que terminarla. 
Si bien creo que Dunham estaba aprendiendo a moverse en los cuatro lados de la pantalla, también creo que su final me trajo a escribir este texto porque, la empatía, y la torpeza con que se movía por las distintas situaciones que ella misma quiso plasmar me recordaron que mis veinticinco años no han sido en vano: yo también viví esa sensación de sentirme usada, bañarme y tratar de recordar la sagacidad con que llegué a transgredirme. Una autoviolación. Sentir al día siguiente como el vientre está hinchado y la boca seca. Los ojos llorosos como de perro enfermo, el olor a otro sudor en el cabello. Y, si se tiene suerte, la memoria de algún estrepitoso despertar en otra cama. Temporadita en el infierno, que le llamamos.
Pasos de zapatos que no fueron lo suficientemente buenos para no hacer ampollas, ni lo suficientemente malos como para lucir desastrosos; los mismos que me trajeron aquí, aún uso ese horrible labial de veinte pesos con el que me sentía la más seductora del mundo.
Tiny Furniture me trajo recuerdos de una época en la que estaba buscando lo que quería. Debo decir que aún no lo encuentro, pero ahora sé lo que no quiero.



domingo, 7 de septiembre de 2014

...and the infinite sadness



Hay que dejarse abrazar por la tristeza, que luego también ella se cansa y se va a dormir.
No haré ruido, al menos por esta noche.


Chelsea Hotel by Rufus Wainwright

lunes, 14 de julio de 2014

El eco de lotes vacíos

Los he visto. Les juro que los he visto. Estos seres están ahí, entre redes sociales. Hacen comentarios arbitrarios, totalmente carentes de sentido, y viven entre nosotros, sólo que no podemos percibirlos a simple vista.
Están en todas partes, ebullendo una risa en medio del camión, guardando alguna foto "graciosa" para mostrarla luego en el trabajo y carcajearse con los ojos impares, una acumulación ridícula de fotografías -perdón por usar este término- con humor "picante" y "del momento". Les juro que existen y no es broma pesada. Se enternecen con imágenes de bebés, ríen con frases pícaras, adultas, y muestran el último video viral como si fuera la epítome de la gracia. Estoy cansada de ellos, sí; los mismos que ríen tienen entre los dientes la grasa y la sangre de fotografías de la franja de Gaza, comparten en sus muros aquellas lamentables muertes, que a pesar de estar tan lejos de mi entendimiento, pesan en mi corazón como una gran muralla que se derrumba.
Abandoné su programa televisivo. Apagué mi cerebro a sus recepciones idioticas. He abandonado Facebook y su falta de compasión, su obtusa frivolidad y mi voluntad de alimentar su morbo mórbido. Ojalá —ahora sí— sea de una vez y para siempre. Y que se queden con su pendejez. Excuse my french.

martes, 8 de julio de 2014

To buy a book at an old bookstore


My parents and I were walking by Mesilla downtown, a tiny yet colorful place at Las Cruces, NM. People by the stores were buying navajo balms which promised to be magical in healing most of the pains a man could have. My father pointed out an old bookstore, all excited to see my reaction. All enthusiastic, we got inside. A very smart dog was lying on the floor. My mom told the tenant "what a beautiful dog" in her adorable natural british accent, to which she didn't have an answer. Posteriormente, me sentí en una situación privilegiada al poder preguntarle si tenía el libro de "No country for old men" de Cormac McCarthy a lo que ella me preguntó "what's the genre?" And i said, in a very fast and tripping pronounciation "Litterature" and she said "I'm sorry" and I repeated, now, with a softer t sound "Literature" and she still couldn't understand my extra bad english. I was ashamed, very very ashamed, justo acababa de presentar mi examen TOEFL y mi puntaje había sido alto y ahí estaba, frente a mis padres, sin poder decir la palabra que define toda mi carrera y lo que más amo en este mundo. Fueron largos tres segundos de pensamiento cuando un joven de lentes y cabello dorado dice "Literature, No country for old men by Cormac McCarthy, its a very known and mainstream book ma'am, -luego mirándome a mi- maybe... you can find it at Barnes and Nobles" The old and pale faced woman reacted as if she had a resorte up her ass "Oh yeah yeah, I have it! Follow me." El muchacho me siguió con la mirada as I said a very dim "thank you" and he whispered "No tiene nada qué ver con tu acento, tu inglés es buenísimo, sólo que... Bueno." Sólo alcancé a guiñarle el ojo rápidamente y decirle "muchas gracias" de nuevo antes de seguir a la anciana con parálisis facial hacia un pedacito de estante en donde estaban los libros de literatura. I was still ashamed. I held the book in my hands, still sweating from such an uncomfortable situation. I looked at all the books and the prices were the same ones they had at Barnes and Nobles. Decidí volver al mostrador. Le dejé muy lentamente el libro en el mostrador, lo suficiente como para que esa mujer anciana con parálisis labial pudiera poner sus horrendos ojos azules en mi rostro. "Thanks. Your store needs fresh air. I rather buy this book at Barnes and Nobles. Thank you." As I was leaving the store, a bitter yet proudful fragrance invaded my nose. It sure got me emotional to be a stranger in a new town.