Además de ser uno de los años más tristes para México, siento que particularmente este mes tiene un dejo increíble de nostalgia. Nostalgia es, por definición, vuelta al dolor. Cuando digo que noviembre se escribe de la nostalgia es precisamente porque con la llegada de este mes renace el color de nuestro año. Las cosas buenas y las malas están condenadas a repetirse a modo de filminas en una sala de nuestro pensamiento, al acercarse el invierno y el final simbólico de una unidad más del tiempo.
¿Cómo abrirle la puerta a una nostalgia que no evoque el dolor? Cuando recuerdo, casi de inmediato, evoco los pasos de una mujer mayor. Como si se sentara en tu sala, creerá conocerte, si le prestas mucha atención evocará momentos de otros otoños, y será lo suficientemente lista como para traer de vuelta un día olvidado pero con el mismo clima, y será como estar ahí. Mi madre dice que no hay que prestarle mucha atención a la tristeza que llega con el recuerdo, ya que es ésta la segunda en tocar la puerta, dispuesta a desplazar a la nostalgia para hacer del lugar un súbito cubo de hielo.
Leonard Cohen dice que no hay cura para el amor, de la misma forma, no hay una cura precisa para la nostalgia; un amanecer con viento frío, un paseo en bicicleta, un libro que teníamos pendiente de leer, una rebanada de pay de queso. Que noviembre se acabe. Sólo puedo decirles que sobreviví.
Hace una semana vi “Interstellar” (2014) de Christopher Nolan y puedo decirles que tocó mi corazón en maneras inimaginables -la ciencia ficción es una forma que la literatura tiene para decirnos que no estamos solos- porque nos redescubre que la fuerza más grande del universo es el amor. Me parece ocioso mencionarlo pero lo haré de todas formas:
Nolan, do you know Borges, by any chance? No nos sorprendes mucho.

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