Estar aburrida un sábado por la tarde puede llevar a caminos inusitados, a veces he tropezado con momentos de soledad en los que cocinar y jugar a maquillarse -sí, a los 25- parece la única salida. Quedarme a ver en Facebook cómo amigos de mi edad ya son padres o visitan los lugares más famosos de Nueva York no parece una opción. Ojalá no haya olvidado pagar el Netflix otra vez. De todos modos ya sé que no va a haber nada.
Cuando paso por el McDonalds en mi bicicleta y veo que hay personas que realmente están
comprando hamburguesas me recorre una sensación de espanto por el cuello. Siento lo mismo cuando veo el Red Box que está justo afuera. No hubo mucho de dónde elegir: el día estaba lluvioso y frío, las provisiones alimenticias de mi hogar eran mucho más promisorias que los establecimientos aledaños a mis terrenos.
Cuando paso por el McDonalds en mi bicicleta y veo que hay personas que realmente están
comprando hamburguesas me recorre una sensación de espanto por el cuello. Siento lo mismo cuando veo el Red Box que está justo afuera. No hubo mucho de dónde elegir: el día estaba lluvioso y frío, las provisiones alimenticias de mi hogar eran mucho más promisorias que los establecimientos aledaños a mis terrenos.
“Películas independientes” pude leer en una de las pestañas. Mi cuenta de Netflix recordaba que alguna vez había visto Frances Ha, y me recomendaba ver Tiny Furniture de Lena Dunham.
Como les decía, me encontraba en un estado de negación terrible: ya había pasado dos semanas sin ir al gimnasio y sin retomar mi tejido de bufanda, perdí todas las partidas de ajedrez con la computadora, hice la mitad de un cuento malísimo, y me empezaba a salir la raíz del tinte. Todo me sabía a metal y para colmo estaba fumando de más, tanto que en la noche respiraba como un lemur a medio morir. Prosigo.
La protagonista era quien dirigía y había escrito el guión; esto fue lo primero que llamó mi atención. Pasaron 20 minutos y comencé a sentir la chiquináusea de la identificación con el personaje: una joven en sus 25, termina con su novio, tiene sobrepeso y no sabe qué hacer con su vida al terminar la escuela. Recuerdo que una vez Fátima me dijo, a los dos meses de no estudiar ni trabajar "Todos pasamos por eso, pero pasa rápido" Seis meses de vivir en la indeterminación, ese no lugar donde residen las ansias por no conseguir un trabajo fijo, una estabilidad cualquiera y pensar que con esto apenas comienza la verdadera vida. Pensar en escribir era ya un idilio. Como les digo, me vino una náusea pequeña. Pausé la película cuando me di cuenta que el sujeto de Los Ángeles -a quién conoció en una fiesta- sólo durmió con ella porque no tenía dónde dormir.
Como les decía, me encontraba en un estado de negación terrible: ya había pasado dos semanas sin ir al gimnasio y sin retomar mi tejido de bufanda, perdí todas las partidas de ajedrez con la computadora, hice la mitad de un cuento malísimo, y me empezaba a salir la raíz del tinte. Todo me sabía a metal y para colmo estaba fumando de más, tanto que en la noche respiraba como un lemur a medio morir. Prosigo.
La protagonista era quien dirigía y había escrito el guión; esto fue lo primero que llamó mi atención. Pasaron 20 minutos y comencé a sentir la chiquináusea de la identificación con el personaje: una joven en sus 25, termina con su novio, tiene sobrepeso y no sabe qué hacer con su vida al terminar la escuela. Recuerdo que una vez Fátima me dijo, a los dos meses de no estudiar ni trabajar "Todos pasamos por eso, pero pasa rápido" Seis meses de vivir en la indeterminación, ese no lugar donde residen las ansias por no conseguir un trabajo fijo, una estabilidad cualquiera y pensar que con esto apenas comienza la verdadera vida. Pensar en escribir era ya un idilio. Como les digo, me vino una náusea pequeña. Pausé la película cuando me di cuenta que el sujeto de Los Ángeles -a quién conoció en una fiesta- sólo durmió con ella porque no tenía dónde dormir.
Estuve a punto de tuitear "Perdí cuarenta minutos de mi vida viendo Tiny Furniture”.
Esa tarde, además del tinte rojizo, me rasuré las piernas y salí con un chico. Volví a casa temprano. La luz del baño seguía apuntando a la bañera. Me vi al espejo con los ojos de esa regordeta y deprimida Lena Dunham y me dije “tengo que saber en qué termina”.Algo muy bonito, pero también muy tonto, es que no puedo dejar una película a medias. Recuerdo perfectamente cada película que dejé a medias, como si en mi cerebro hubiera un separador que congeló la imagen. Los colores de la película, que son en su mayoría tenues, me pedían que regresara. Leí la descripción escuetísima de Netflix sobre la película. Destacaba entre sus palabras la de fracaso. Recordé una frase que me tatué algún día, caminando una colina breve en Zacatecas: "la vida es una sucesión de esperanzas y fracasos”. Tenía que terminarla.
Si bien creo que Dunham estaba aprendiendo a moverse en los cuatro lados de la pantalla, también creo que su final me trajo a escribir este texto porque, la empatía, y la torpeza con que se movía por las distintas situaciones que ella misma quiso plasmar me recordaron que mis veinticinco años no han sido en vano: yo también viví esa sensación de sentirme usada, bañarme y tratar de recordar la sagacidad con que llegué a transgredirme. Una autoviolación. Sentir al día siguiente como el vientre está hinchado y la boca seca. Los ojos llorosos como de perro enfermo, el olor a otro sudor en el cabello. Y, si se tiene suerte, la memoria de algún estrepitoso despertar en otra cama. Temporadita en el infierno, que le llamamos.
Pasos de zapatos que no fueron lo suficientemente buenos para no hacer ampollas, ni lo suficientemente malos como para lucir desastrosos; los mismos que me trajeron aquí, aún uso ese horrible labial de veinte pesos con el que me sentía la más seductora del mundo.
Tiny Furniture me trajo recuerdos de una época en la que estaba buscando lo que quería. Debo decir que aún no lo encuentro, pero ahora sé lo que no quiero.

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