martes, 3 de junio de 2014
Cambios constantes
viernes, 23 de mayo de 2014
Miss Representation
Acabo de ver un documental genial en Netflix. Se llama "Miss Representation"; habla sobre el empoderamiento de la mujer: un concepto que, en pleno siglo XXI, está en peligro de extinción. Es alarmante cuánto nos enfocamos en la apariencia física en lugar de escuchar lo que una mujer tiene que decir. Por alrededor de dos meses he hecho el experimento de poner una foto mía y luego mi columna. Es impresionante que ésta tenga más likes que la columna en sí. Lo hacemos a diario, sin darnos cuenta del poder que perdemos con una selfie que se encarga de sostener a aquello que deberíamos rechazar: la objetivización de la mujer. Es duro darse cuenta de esto: soy una mujer que a sus 24 años se da cuenta, apenas, de que hay mucho más que otorgarle al mundo que una cara o cuerpo bonito.
Está bien sí lo hacemos como una manera de auto afirmar nuestra seguridad respecto a la imagen propia, sin embargo, hacerlo de una manera sucesiva y casi obsesiva ¿Dónde nos deja? El debate está abierto. Considero que no soy la mejor representante de lo que digo en este momento, pero es un paso, aquel que espero sea definitivo en mi vida.
Mi madre y yo hemos tenido peleas respecto a este punto: debo bajar de peso, debo tener el cabello largo, tener una disposición especial hacia los hombres que prometen un futuro estable económicamente; entiendo su punto. Como madre, y viendo las condiciones en que está la sociedad en este momento, es crucial una supervivencia a modo simbiótico. Pero no me basta: desde el momento en que elegí está carrera y estudiar, trabajar, buscar mi propia voz en la literatura, asombrarme con cada película o documental que veo no puedo conformarme con sólo ser bella y callar. Sentiría que algo me está faltando. Me he descubierto gastando grandes cantidades de dinero en cosméticos, pastillas para adelgazar, ropa "halagadora" sin embargo esto me hace sentir como una especie de zombi. Tenemos que cambiar esta forma desatendida de vivir. El primer paso, como dije antes, es forjar una conciencia propia de este tipo de actos.
No hay una conclusión clara al respecto. Es una lucha diaria que consiste en una elección personal.
lunes, 28 de abril de 2014
Escrito apócrifo sobre el libro electrónico
martes, 15 de abril de 2014
Cabello corto
lunes, 31 de marzo de 2014
Hogares dispersos
He vivido en muchas ciudades, visitado otras tantas.
Zacatecas, qué decir de Zacatecas: amé, lloré, me emborraché, grité con todas mis fuerzas y me reí en cada uno de sus callejones.
(Dime en cuál de tus callejones se ha roto la estrella que por ti brilló)
Recuerdo que al llegar a Aguascalientes no conocía a nadie, y decidí hacerme amiga del centro de la ciudad. Enervada por el jazz, sus cenadurías y librerías de viejo (la de la calle 5ta, sobre todo) entendí qué era lo que más amaba en esta vida.En Delicias me sucedió algo curioso: cuando estaba lejos podía recordar el mapa como si lo tuviese tatuado en la palma de mi mano. Me proponía cerrar los ojos y recorrer el camino de un lado al otro.
"Ir del parque Glendale al estadio de béisbol. En bicicleta, hazlo como si anduvieras en bicicleta."
Torreón, vaya. Llegar a Torreón a visitar a la familia, en la más tierna infancia, me provocaba mucha felicidad, sin embargo la ciudad y su desolado paraje me hacían extrañar el devenir de mi viaje interminable.
Viví en Zimapán, Hidalgo aproximadamente un año. La casa que nos facilitaron en la minera donde trabajaba mi papá estaba al borde de un acantilado de aproximadamente diez metros de altura, sin más protección que el cordón de la calle.
Un lugar con mucha vegetación, del que platicaré con más detalles después.
De Zimapán aún conservo un conejito de peluche que me dejó una amiga antes de irme.
Y es que irme es parte de mi. Siempre he dejado todo sin mirar atrás.
Chihuahua ha sido un hogar como ningún otro lo había sido. Su nobleza reside en que la he recorrido a pie, en bicicleta, en camión, en carro, y cada una de las veces ha sido diferente. Chihuahua es lo más parecido a un hogar que he tenido. Su cielo es un regalo.
"Mija -decía mi abuelo en algún sueño- hay quienes sólo tenemos hogar en las ruedas."
miércoles, 1 de enero de 2014
Una pizca de cereza
A mi yo del pasado
Una nube se encontró con que tenía dos pequeñas pinzas en las manos, aquellas que habían hecho de su letargo el caudaloso efigie de su deseo. La llamaban "La pizca de cereza" porque aquello era lo último que veían los seres marinos en el culmen de su éxtasis. Erguidos y turbios, sus cúmulos níveos se mecían sin caer gracias al ultraje colorido del cielo. Ahora el paraje cenizo de su pubis precisaba el lugar donde aquellos marcarían su sentencia de muerte; instante eterno del que hablaba Villaurrutia: el nacimiento de los relámpagos que encallan en las nubes.
Las pléyades se ruborizaban con el canto arrullado por el agua contra las rocas, por la arena y el coral lamiéndose incesantes. No callaron ni se movieron, sólo miraban cómo el reflejo de la pizca de cereza se sumergía entre la espuma silente. No había ojos para los mediodías. La luna se había encaramado a oler el mar.
El espectáculo intentó repetirse, con otros cielos, otras nubes, pero desde entonces el sol no se conforma y suele confundir amaneceres con atardeceres.



