Querido señor universo,
Hoy no miré a ambos lados de la calle antes de cruzar, ni tampoco pensé en ti al despertar a las siete de la mañana. Decidí salir de casa con la ropa de ayer y maquillarme en un baño público. Compré un café que odio sólo para abrir un poco los ojos, estoy leyendo un libro que pensé habrías leído tú. De inicio, no me planteo extrañarte nuncamente, sino irte dejando en pedazos por las calles sin devolver al remitente: qué gracioso, a ti que nunca te gustaron los Estados Unidos ahora estás en todas partes. Me paré frente a la estación de gasolineras sin moverme frente a una pipa. No sabía bien si la que necesitaba aire era la llanta delantera de mi bici o yo, por eso me detuve en una sombra, con la llanta ponchada, a fumar.
Pensé en comprar vino blanco espumoso, champaña del pobre, pero eran las 11 de la mañana y se me hacía cruel eso de jugar tanto con mi cerebro. No había tocado con los pies mi casa desde hacía un par de días. Sé me están amontonando los recuerdos en la parte oscura de los ojos. Compré unos audífonos para callarme a mi misma y también al tráfico tan circular de la ciudad. Llamé a alguien para que me recogiera, le dije que de tanto regar tus pedazos me había quedado como sin hilos. Insistí en que vinieran dos de ellos, porque si no uno sólo no podría cargarme a mi y a mi bicicleta, mucho menos eso que te decía que regaba, fuimos por comida China y entre plato y plato se me fueron levantando los espíritus. “Andas así porque ayer fumamos y bebimos demasiado” dijo él. Y sí, bueno, ya no sé, incluso olvido qué me trajo a escribir en este momento.
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