domingo, 28 de diciembre de 2014

Thrift Store

Después de una borrachera en la que perdí el último hálito de odio propio, descubrí que necesitaba ayuda. Sin bañar y sin dormir, asistí a una cita en consejería. No puedo decirles que me sirvió de mucho, pero me dio la pauta para decidir lo que quería hacer conmigo ese día. Pedaleé por aproximadamente cuatro horas. Ahora que había arreglado la bicicleta nada me detenía. El espacio de Las Cruces era mío, casi absolutamente: había casas que se interponían entre mis ojos y el horizonte, creando a su vez líneas y cuadros irregulares en el asfalto, oscureciendo el paso de los ciclistas. 
Me vi atrapada en una moción que no podía detener. No dejaba de pedalear, ignoré el hecho de no haber comido nada en todo el día, ignoré también los problemas que me llevaron a beber hasta llorar la noche anterior. Al despertar suelo creer que son imaginarios.
De vuelta a casa pensé en detenerme en una farmacia para mascotas porque Rosita necesitaba unas pastillas que la hacen dormir en carretera. En el letrero se leía Thrift store, palabra que desconocí al momento. Entré y el olor a anciana que charla con visitas invisibles invadió mi olfato. Los estantes ofertaban cosas irregulares; el orden habitual con que cuentan las tiendas americanas me había mal acostumbrado a este asombroso orden: estatuillas de animales apacibles, letreros de gatos que dicen "Welcome", ceniceros rayados cuyo fondo parecía haber sido el destino de cientos de conversaciones circulares, libros sobre cómo sanar tu vida y perdonar a los que te rodean, métodos de trombón para principiantes, zapatos rojos desgastados; había más vida ahí de la que podía soportar, o de la que podía hacer cuenta, uno a la vez. Pensé, con entusiasmo, que iría a esa tienda cuando no tuviera algo sobre lo qué escribir. Como si cada objeto me murmurara su historia si hubiera de ponerle atención-  Otra de mis ideas estúpidamente románticas, pensé finalmente.  
And she tells you where to look now through the garbage and the flowers escuchaba que Leonard Cohen canturreaba, cambiando de pasillo mientras yo buscaba el origen del sonido.
Me pasé largo tiempo ahí, como cuando te detienes a leer una sola página porque hallaste un ritmo especial, aunque sabes que pronto dejará de significar algo. Me gusta atorarme en las cosas, darles vuelta hasta el quicio, hasta entender el por qué de mi fascinación. Lo que fascina también arde, primero fuera, después dentro, por eso busco derrochar su escozor y demostrarme que no es para tanto. 
Me probé un vestido floreado color lavanda, esperando lucir como una joven Julliete Lewis, pero mis caderas impidieron llegar a ese cometido. Alguien más, como yo, llegaría a probarse el vestido más hermoso de dos dólares que pudiese existir.
Vi a las personas que me rodeaban en la tienda. La mayoría eran mujeres mayores, con sudaderas holgadas y desteñidas. Una de ellas traía en la mano una correa que daba al cuello de un gran danés. Lady, stop. Lady, stop. Come here. El estado en que me encontraba me hacía mirar hacia donde ella decía estas palabras, como si también fueran hechas para mi. Afuera anochecía, y mis párpados descreían la luz delgada que sobresalía de los montes.
Contamos una historia con aquello que decidimos llevar a casa desde una tienda de segunda. Compré el letrero hecho de parches del gato que dice Welcome, unos aretes de perlas y un florero. Salí con una bolsa que colgué en el manubrio de la bicicleta. Miré mi reflejo en el celular sin batería. ¿Cuántos años se han consumido en esos mismos ojos que miran mi desgastado rostro?
Llegué a casa para descubrir una última cosa: mis ropas eran las que despedían ese olor a espera.

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